Museo Roberto Duarte

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Cronología

Roberto Duarte – (1935-2004)
En 1955 comienza sus estudios en la Academia Nacional de Bellas Artes continuando su formación en el taller del Artista Plástico Ideal Sánchez. Con un préstamo del Fondo Nacional de las Artes en 1959, viaja a Europa junto al grupo Le Park para estudiar visión cinética. Posteriormente obtiene una beca de la Embajada de Francia para estudiar en París bajo la dirección del pintor húngaro Víctor Vasarely. En este viaje se ve impactado por la obra de Vermeer, maestro holandés de la composición y la representación en el espacio. Es gracias a este pintor que Duarte comprende que su deseo es volver a la Argentina para pintar a su gente, su música, su literatura.
Manuel Mújica Láinez escribe: “Duarte recuerda a veces a los fauvistas y a veces a los primitivos. En realidad, consigue ser él mismo, sin renunciar a una tradición estética de viejas raíces que su obra recoge y exalta con un sentido vitalmente contemporáneo”.
En 1964 recibe una beca del Fondo Nacional de las Artes para perfeccionarse en grabado con el maestro Pompeyo Audivert en la Universidad Nacional de Tucumán. “Roberto Duarte no es un artista pasivo, meramente contemplativo o especulador de la línea. Sus imágenes parecen gravitar en una tarea de rescate de la condición humana.”, señala Osvaldo Svanascini al ver la evolución estilística de su viejo alumno. La obra de Duarte ha sido expuesta a lo largo de sus 50 años de trabajo en numerosas galerías de nuestro país y del exterior y en los Museos de Arte tanto del orden Nacional como Municipal.
En 1986 el gobierno del presidente Alfonsín compra a Duarte un óleo perteneciente a la serie Homenaje a Troilo y Manzi. Dicho cuadro es entregado como regalo al presidente de Brasil José Sarney.
Obtuvo entre otros el Gran Premios de Honor del Salón Nacional en grabado y dibujo. 1er. Premio Pintura Salón Nacional y el Gran Premio del salón Municipal Manuel Belgrano en pintura, grabado y dibujo. Premio Calderón de la Barca y Palanza.
Después de su muerte su obra ha sido exhibida en distintas ferias: Arte Clásica, Expo Trastiendas, Feria Internacional Ciudad de Mar del Plata Moderna 08 y en el Pabellón Latinoamericano de Shangay-08. La serie del Martín Fierro fue exhibida en La Galería de arte de Alicia Brandy en 2005 y a instancias de la Universidad Nacional de Lanús en el 2007 se presentó el libro “Payada Gaucha” ilustrado con estas obras. Esta serie fue exhibida en su totalidad por la galería de arte Raíces Americanas durante marzo y abril de 2011. Se realizaron muestras en la Fundación Catedral de La Plata, en el Museo de Bellas Artes de Tres Arroyos, en La Honorable Cámara de Diputados de la Nación, en La Universidad Nacional de Lanús, Museo Eduardo Sívori, La Bolsa de Comercio de Buenos Aires, la Fundación para una Nueva Argentina, el Museo Benito Quinquela Martín, Casa de la Provincia de Buenos Aires, Galería de arte Raíces Americanas, y Galería de arte Palermo H.
Luego de su fugaz incursión en el movimiento cinético, y agotado por las formas geométricas, estáticas y razonadas que éste pregonaba, Duarte regresa al estilo figurativo, tras descubrir que su deseo es pintar su entorno cotidiano.
“Pa­ra mí el arte consiste en trabajar, en ver cosas, en emocionarse todos los días.”, explica el maestro.
En sus obras, los protagonistas son las mujeres, la música, la literatura, los pai­sajes, elementos todos de la realidad que lo circunda. Rober­to Duarte los transforma y nos propone develar los misterios que encierran a través de sus líneas y colores. Él conoce con certeza el objeto de su arte:  “Para mí la pintura ha sido y se­rá el intento de atrapar la luz…”
Su obra forma parte de la colección y patrimonio de:
Museo Eduardo Sívori – Palais de Glace – Museo Nacional de Bella Artes – Museo de Arte Moderno – Museo de Bellas Artes de Tres Arroyos – Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez – Embajada Argentina en Alemania – Universidad Nacional de Lanús – Honorable Cámara del Senado de la Nación Argentina – Colección Guisasola – Colección Bogelius – Colección Brandy -Colección Feldman – Colección Álvarez – Colección Paladini – Colección Miguens – Colección Tencia – Colección Rizzo – Colección Gallet


Premios

1960 – Beca de la Embajada de Francia para estudiar en Paris con Víctor Vasarely.
1964 – Beca del Fondo Nacional de las Artes para perfec­cionarse en la técnica del  grabado en metal con Pompeyo Audivert.
1965 – Primer Premio, categoría Dibujo, del Salón Municipal de Morón.
Gran Premio de Honor y Medalla al mejor expositor, otorgado por la Asociación de Críticos de Buenos Aires.
1966 – Invitación de la Academia Nacional de Bellas Artes al Premio Calderón   de la Barca.
1967 – Gran Premio de Honor, Diploma y Medalla de Oro del Salón Nacional, en la categoría Grabado.
1968 – Gran Premio de Honor y Medalla de Oro, en la cate­goría Dibujo, del Salón Municipal Manuel Belgrano de la Municipalidad de Buenos Aires.
1969 – Segundo Premio y Medalla de Plata en la categoría Grabado del Salón Municipal Manuel Belgrano de la Municipalidad de Buenos Aires.
Nueva invitación de la Academia Nacional de Bellas Artes al Premio Calderón de la Barca.
1970 – Premio Bienal Fundación Banco Comercial de Tres Arro­yos otorgado por la Academia Nacional de Bellas Artes.
1971 – Premio Miguel Carlos Victorica en la categoría Pin­tura del Salón Municipal Manuel Belgrano.
Premio Jockey Club de Buenos Aires en la categoría Pintura otorgado por el     Salón Nacional.
1974 – Segundo Premio y Medalla de Plata en la categoría Pintura del Salón   Municipal Manuel Belgrano de la         Municipalidad de Buenos Aires.
1975 – Gran Premio y Medalla de Oro en la categoría Pintura del Salón Municipal Manuel Belgrano de la Mu­nicipalidad de Buenos Aires.
1976 – Premio Fondo Nacional de las Artes en la categoría Dibujo otorgado por el LIII Salón Anual de Santa Fe.
Segundo Premio y Medalla de Plata en la categoría Dibujo del Salón Nacional.
1977 – Invitación de la Academia Nacional de Bellas Artes al Premio Augusto Palanza. Gran Premio de Honor Fundación Dupuytren.
1979 – Medalla de Oro del Premio Alba, otorgada por el Salón Nacional.
1980 – Gran Premio del Salón Municipal de Morón en la categoría Pintura.
1982 – Gran Premio de Honor otorgado por el Salón Nacio­nal en la categoría Dibujo. Primer Premio (adquisición) y Medalla de Oro en la sección Grabado, otorgado por la Cámara Argentina de la Industria de la Higiene y Tocador.
1983 – Segundo Premio en la categoría Pintura del Salón Nacional.
1987 – Es seleccionado para la Bienal Internacional del Pe­queño Formato (Lodz ‘87), en la categoría Grabado, en Polonia.


Duarte dicho por él

“El problema de nuestro país es que no hay mucha bibliografía sobre el pensamiento de los artistas. Todo es muy de leyenda, muy de mito”.
“Nada tiene que ver la pintura con la razón aritmética. Cuando pinto en el taller, desaparece todo.”
“El arte no es un camino racional. Lo difícil es aprender a ser fiel a uno mismo”.
“Rodin decía que no había que dibujar la mano cuando te acaricia sino cuando va hacia la caricia. Yo no te quiero pintar a vos, quiero pintar lo que hay entre vos y yo”.
“En nuestro país tuvimos críticos de arte maravillosos. En una de sus notas, Mujica Láinez me sugería no entusiasmarme con el mensaje social. Yo masticaba bronca, pero al final me dije: “Este tipo tiene razón”.”
“No tengo ninguna frivolidad, ningún hedonismo. A mi me gusta la lucha hacia el placer, no el placer en sí mismo”.
“El color puede bandearte y desmesurarte, no conoce a la razón. Por eso tenés que aprender a dominarlo”.
“Para mi la pintura ha sido y será el intento de atrapar la luz”.
“El elogio más grande que me han hecho en mi vida lo recibí en mi propio taller. Un día entró un tipo a arreglar la estufa, era un plomero. Yo estaba pintando dos desnudos, un paisaje y una naturaleza muerta. Estoy hablando de desnudos de mujer, y el tipo me dice: “¡Qué luz, que colores!”. ¡Él no veía las formas, no veía el desnudo! Después de tantos años de pintura me dije, por lo menos a alguien llegué”.
“No es cuestión de dar vida, sino de dar vida a la pintura. Y entonces es cuando por los ojos y por el interior de nuestro ser va apareciendo como un adviento la belleza: el color. Y nos llama en toda su intensidad, con todos sus registros, luces, sombras y más intermedios que lo hacen infinito…Y ahí comienza la tarea de desgranar todo el mensaje que encierra una de las propiedades de la pintura. Color – Luz – Vida, y eso es todo…”.


Críticas

Manuel Mujica Láinez – Escritor y crítico de arte argentino.
“El grave accidente que sufrió este año viniendo en automóvil de Mar del Plata, no ha detenido a Duarte en su carrera de artista. Lo prueba su exposición de Van Riel. Las mismas condiciones aparentemente contradictorias, que caracterizaron sus muestras anteriores desde su regreso de Europa, se advierten en el conjunto que allí exhibe. Impetuosidad y hasta truculencia por un lado, y gracia y poesía cromática por el otro; expresionismo centro europeo y arabesco oriental; “iracundia y lirismo”. Duarte puede no gustar, puede incomodar, pero no puede dejar indiferente. Hay en su obra, por encima de cualquier otro rasgo, una frescura y una “verdad” innegables. En esa pureza finca su valor. Conviene que no se entusiasme demasiado, imprimiendo a lo que hace un contenido social. Por ese camino se suele desembocar en el “afiche”. Lo mejor de él está en ciertas figuras, un desnudo, un autorretrato, “la extraña”, luminosas e ingenuas de positivo encanto”.

Raúl Gonzalez Tuñón – Escritor y crítico de arte argentino.
“Numerosas obras sobre motivos norteños, a través de diversos procedimientos técnicos-témpera, tinta, acuarela, óleo, xilografía y pastel-exhibe Roberto Duarte en la Galería Hogart. Tampoco en su caso las imágenes corresponden a la versión pintoresca de tipos y paisajes. Por el contrario, veces acentúa la aspereza expresionista por momentos con violencia pero sin llegar nunca a la gratuidad agresiva y confusa de un Noé o de otros pintores espectaculares. Un contenido variado, palpitante caracteriza la muestra. Predomina el toque dramático, cierto sentido social, critico, implícito y explicito que adquiere perfiles patéticos, digamos en El viejo y el puente, en El mendigo que busca su ciudad. Nos interesó mucho el reiterado motivo del lustra botas, en un juego de matices comunicante. Al margen de los tipos que habitan su mundillo abigarrado y vehemente hay algunos paisajes obtenidos con recursos sobrios sin la fácil atracción a la cual es proclive el género. Entre esos paisajes de controlada efusión nombraremos Paisaje de La Rioja, Paisajes Riojanos, Caserío. Señalase por su poético dramático, entre las otras composiciones, Un niño nos mira y, por su sentido social, El lustrabotas y el kiosco. En suma reafirma la presencia de un artista de fuerte temperamento; de un pintor y grabador que “cuenta cosas”, cuando algunos quieren desentenderse totalmente de ellas o las deforma hasta el máximo de lo convencional”.

Osvaldo Svanascini – Crítico de arte y ex-Director  de la Escuela Nacional de Artes Visuales.
“Instrumento de la indagación más exhaustiva, proclive a desnudar casi visceralmente a los personajes, el dibujo profundiza siempre, se haya consubstanciado con la revelación del hombre y de las cosas. Arte autónomo, sostén a un tiempo, de recurso tan ilimitados como para aludir a la línea pura, a la impregnada de materia, a la sujeción y al azar. Roberto Duarte, que obtuviera en dos oportunidades el Gran Premio de Honor del Salón Nacional -grabado y dibujo-, no es un artista pasivo, meramente contemplativo o especulador de la línea. Sus imágenes parecen gravitar en una tarea de rescate de la condición humana. Su línea hurga hasta la exasperación y el arraigo. Nada se detiene, sino que promete una urticante sensación de la vida azotada, desmedida y marcada por la pasión. La serie bíblica que reúne momentos de una vida narrada por un evangelista recupera el fuego de un símbolo que se mueve en dependencia de acontecimientos. La libertad de las imágenes, la agresividad de rostros y manos, la solución de un “tiempo” habitado por fantasmas factibles, quita a la historia todo tipo de alegoría, de mito. Esos seres se hallan allí, entre el desamparo y la esperanza, pero siempre pendiente de una ley tan atrapante como la congoja, y a pesar de ello el testimonio resulta vivificante y aleccionador. Técnicamente la mano del artista no vacila. Cirujano que enarbola la línea cortada, nerviosa, obstinada, Duarte resuelve los espacios, el ritmo, las imágenes de manera distinta en cada una de las proposiciones. Una mano se hace testigo o clama sin medida, un rostro muestra los dientes desordenados para ejercer el grito, la sombra de la multitud se proyecta con toda la carga del presentimiento. Y es que no hay tiempos metafísicos para estas figuras. Sólo la coincidencia del alegato, una transfiguración y el trasfondo de una injusticia que se enerva hasta convertirse en prueba. Y si se indaga aún más, lo anecdótico resulta solamente un soporte, ya que Roberto Duarte dibujante es, por sensibilidad propia, un artista que parece encontrar en la rebeldía -aunque ésta se halle virtualmente dominada en la seguridad del trazo- toda esa expresión vuelta instrumento y justificación”.

Orlando Barone – Crítico de arte.
“Todo tiene su por qué, aunque no siempre alcanza a revelarlo.¿Por qué el presidente argentino le regaló a José Sarney un cuadro del pintor Roberto Duarte y no otro de algún otro pintor? Así, en tercera persona, le hicimos la pregunta a Duarte, en la misma sala de su casa en donde, el viernes 26 de julio, dos mujeres elegantes (Margarita Ronco y Teresa Anchorena) decidían comprar ese óleo de su serie Homenaje a Troilo y Manzi, pintada en 1975. “Si querés, te cuento todo y vos sacás tus conclusiones…”, respondió Duarte, del que se pueden intuir temeridades dialécticas y metidas de pata desatinadas sin ningún complejo de culpa o de protocolo, porque en su background de pintor compiten por igual premios y deslices profanos. Contá todo, dijimos, apro­vechando esta bella pradera democrática. “Primero me lla­ma Teresa de Anchorena, directora de Artes Visuales y me anuncia su visita. Después estaciona un auto largo y brillan­te en la puerta de esta casa, justo ahora que entran y salen los albañiles porque están arreglando las goteras. A la seño­ra Anchorena la conocía, a la señora de Alfonsín no. Me di­ce que vienen a comprar un cuadro en nombre de Alfonsín, para Sarney. Aquí, en mi casa, tengo toda mi obra. Yo no dependo de marchands. Los marchands vienen y te quieren comprar el trabajo de toda una vida con cuatro mangos. Entonces yo me aguanto, vivo con los trescientos australes de pensión de premiado del Salón Nacional y de algún cuadro que me compran cada tanto. No cedo, porque…”. Duarte bi­furca siempre los caminos: a diferencia de algún otro artista diestro en el manejo de la oportunidad, él habla de lo que quiere en el momento que quiere. Así que esperamos una pausa y le dijimos: Seguí con la historia… Miró alrededor,  ob­servó el último gran cuadro que piensa mandar al Salón Nacional, con la particularidad de una pareja empastada en blanco en medio de colores brillantes, y siguió: “Las dos mu­jeres empezaron a mirar y a entusiasmarse. Creo que hubieran querido llevarse todo. Entonces yo les dije: ¿Por qué no eligen uno que remita a Buenos Aires? Entonces les mostré uno de los dos o tres que me quedan de esa serie y que mi­de 50 por 60 cm., donde están Troilo, en un café, y detrás el fantasma de Manzi, y todo en un ámbito muy nostálgico, muy de tango….bueno, se quedaron con él y arreglamos, y yo me dije: es la primera vez, en treinta años de pintura, que desde el gobierno se acuerdan de un pintor de verdad. Es la primera vez que no eligen a un tilingo…”  Otra vez vuelve Duarte a ubicarse en su elemento natural: el combate. La pre­gunta lo descolocó: ¿A cuánto vendiste ese cuadro? “Ah… Pero, esperá un momento. No se dice el precio de un rega­lo, y menos de un regalo del Presidente. Yo no lo digo”. Le insinuamos que un cuadro suyo se cotiza entre 1500 y 7000 dólares y protesta otra vez: “Se cotizan si. ¿Pero quién te los compra? Además la señora Anchorena me advirtió que la co­sa tenía que ser muy austera. Y yo acepté el trato y estoy contento”. ¿Pero por qué eligieron a Duarte…? “No lo sé. A Japón llevaron un Polesello, así que no entiendo este cam­bio de estilo y de manera de ver el arte tan antagónicas. Pe­ro me sentiría bien igual si hubieran elegido a otro pintor en serio: a un Alonso, a un Presas, a un… Menos a uno de esos mamarrachos que van a las bienales porque revolotean en Cancillería”. Con Duarte, la anécdota más trivial puede con­vertirse en la historia más densa.”

La obsesión por la luz – Editorial de La Nación.
“Un luminoso cuarto de una típica vieja casa de Consti­tución. Un señor de anteojos y gorra, que luce un chaleco tejido en telar, una mujer de rostro modiglianesco, tres pe­rros de raza indescifrable, abrigados con mantas de lana, un hermoso gato de inequívoco linaje atorrante cubierto por una piel de corderito, un combinado obeso, de esos que ya son cosas de los abuelos, un enorme Buda de madera y papel, que necesita ser restaurado y cuadros, muchos cuadros ple­nos de luz y color. Ese es el escenario. Los protagonistas son el pintor Roberto Duarte y Lucía, su mujer. La “decoración” -casi una composición pictórica-es explicada por el mismo Duarte a partir de determinantes remotos. “Nací en Vicente López pero desde chico me moví por San Telmo, San Cristóbal, Constitución. Sus casas con puertas talladas, aldabas y cancel siempre tuvieron para mí algo misterioso y hace ya muchos años elegimos ésta para vivir. Acá, en este estudio da el sol todo el día y eso es fun­damental para un pintor cuya obsesión es la luz. Nunca me interesó demasiado trabajar sobre cual o tal tema (sus cua­dros reiteran desnudos, gatos y mares), siempre me persiguió el tema de la luz”. En ese momento se levanta un perro que parece vestido de marinero y va, casualmente, hacia la luz. “Ese perro es Mago. Los otros se llaman Maria, Toba y Dana. El gato es el espíritu maligno de la casa y se llama Isis. Están abrigados porque son muy friolentos y les gusta la música, que hasta hace poco salía de ese combinado. Es un aparato alemán con radio, tocadiscos, y grabador a cinta. El Buda me lo regaló un armenio, uno de los mejores marchands de Buenos Aires, allá por el 62, cuando hice mi primera muestra individual en Van Riel. Desde entonces Roberto Duarte ha realizado decenas de exposiciones en el país y en el exterior y ha cosechado im­portantes distinciones, entre las que se cuentan dos premios nacionales. Desde el 5 hasta el 31 de julio, cuarenta de sus últimas obras estarán en el Salón de Exposiciones de la OEA. Pero hay también historia que es incluso anterior a aquella muestra de Van Riel. En 1954, Duarte ingresó en la Academia Nacional de Bellas Artes y, un año mas tarde -como dirigente estudiantil- tomó activa participación en el movimiento que dio paso a las Escuelas de Artes Visuales. No conforme con esto, junto con un grupo disidente, abandonó la Academia y comenzó a estudiar pintura, dibujo y grabado, bajo la direc­ción del maestro Ideal Sánchez. En 1958 retomó la Escuela pero sus discrepancias con la materia Psicología lo llevaron a dejar los estudios oficiales en forma definitiva. Relaciona­do con el grupo Le Parq viajó entonces a Europa, a donde retornaría más tarde como becado del gobierno de Francia para perfeccionarse con Víctor Vasarely. Eso podría marcar el fin de la época de rebeldía, propia de su juventud. Aunque si se escucha hoy a Duarte, no se está tan seguro. “Estoy enfrentado con la mayoría de los galeristas. Había decidido no exponer más en la Argentina porque, entre otras cosas, no estoy dispuesto a pagar dos­cientos cincuenta mil australes por una sala y que encima se queden con el cuarenta por ciento de las ventas. Trabajo ca­torce horas diarias y tampoco es justo que un marchand pretenda comprarme la obra de toda una vida por cuatro mangos. Tengo la pensión de mi Premio Nacional, un redu­cido grupo de alumnos, vendo un cuadro de vez en cuando y resisto…”.Entre esos cuadros se cuenta, por ejemplo: Homenaje a TroiIo y Manzi, que no hace mucho fue elegido para un re­galo de presidente a presidente y hoy estará, seguramente, en la residencia del doctor José Sarney. Todavía Duarte no sabe cómo se decidió esa compra, pero, como en su momen­to, opina que fue “la primera vez que desde el gobierno se acordaron de un pintor de verdad y no eligieron un tilingo”. Y nó es por desagradecimiento, porque también reconoce a sus benefactores, “Mujica Láinez me enseñó mucho con su sabia crítica. Ahora mismo, la gente del Comité Asesor de Actividades Culturales de la OEA – Maria E. Mosto, Elena Sicardi, Teresa Rojas, Marcel Vidal y Maria Shilling- colabo­raron generosamente para que pudiera realizar la muestra, una de las tres que forman parte de la programación oficial del año”. Más allá de opiniones en contra o a favor, importa la aus­teridad conceptual de la obra de Duarte, que conduce a cria­turas mágicas, a una realidad sólo sobresaltada por el color y la luz. Algo que -ya se dijo- también se hace presente al entrar en el mundo cotidiano de este gran pintor.”

Ana Jaramillo – El arte que es parte
Desde siempre, desde que tenemos memoria, el arte comprometido fue criticado duramente. Desde el expresionismo hasta el realismo socialista. Se sostuvo muchas veces que iba en detrimento del arte. Como si la estética no tuviera ninguna relación con la ética. Para los que aún creemos que siempre la estética y la ética van unidas, aunque sea por la vida del artista, aunque sea por su forma expresiva, Duarte es un artista comprometido. Y ello no disminuye en un ápice su calidad artística, ni su forma, ni su talento. Muchas veces nos espanta su paleta, su color. Muchas  veces nos espanta su sensibilidad, muchas veces nos espanta su verbo dicho con pinceles, con formas y colores. Pero ¿no fue acaso espantosa, trágica, aciaga e incomprensible la crueldad  de nuestra historia?, ¿Quién de los que hemos vivido, protagonizado o sufrido la tragedia argentina puede sentir o pensar que la obra de Roberto Duarte es demasiado tormentosa? Seguramente ninguno de nosotros vivió el fusilamiento de Dorrego. Seguramente muchos jóvenes tampoco vivieron la masacre ni el genocidio de la última dictadura  así como su brutalidad incomprensible. Porque tendemos a creer que los seres humanos no pueden ser tan tortuosos, crueles y perversos. Recorrer la muestra de Duarte en este 24 de marzo, es recorrer la historia argentina. Con sus pesares, sus incomprensiones, sus antinomias, sus pasiones, sus símbolos, sus razones y sinrazones. Para algunos, no habría que recordar, o sea volver a pasar por el corazón tanto sufrimiento. Para otros, es la única forma de trasmitir a las otras generaciones que esa tragedia podría repetirse si no estamos alerta. El nunca más no es sólo el título de un libro. Tiene que ser la voluntad del pueblo. Tiene que hacerse sensible. Y la sensibilidad es lo que expone y brinda un artista. Es lo que logra que lo trágico de otrora nos lastime hoy el corazón. Frente a la inmunidad que muchos han construido a partir de la globalización de las comunicaciones, donde las muertes se cuentan de a miles, donde las películas se confunden con los noticieros, cuando la ficción se nutre de la realidad y ésta siempre la aventaja, el arte apasionado nos vuelve a despertar. Duarte nos vuelve a pasar por el corazón las luchas libertarias, los sufrimientos de quienes hicieron la Patria, las encrucijadas de la historia, las pasiones enfrentadas, los sufrimientos de quienes se opusieron a las tiranías y la necesidad de seguirnos oponiendo si queremos un mundo mejor y más justo. No están retratados, pero se nos aparecen Bolívar y San Martín, Artigas y Facundo Quiroga, Martí o Diego Rivera, los jóvenes que murieron en Malvinas y tantos otros que mellaron nuestro sentir a lo largo de nuestra historia en la construcción de la Patria Grande. No nos dice que la tragedia es nuestro destino. Nos murmura que otro mundo es posible. Nos convoca enérgicamente a su realización. Porque es un arte que no quiso estar aparte. Es un arte que quiso ser parte. Es lo que se llama arte comprometido.

Rubén Borré – Un viajero espiritual del arte
Roberto Duarte navegó las diferentes corrientes de las Artes Visuales hasta desembocar en el inmenso e inquietante mar de su creatividad. Consolidó un estilo propio, un expresionismo visitado en ocasiones por un realismo mágico que le otorgaron a su obra características muy personales. Observador y estudioso de los clásicos, en especial Uccello, Goya y Velásquez , no se limitó a un estilo que ya bien había logrado y se sumergió en el Arte Cinético y estudió la disciplina con el gran maestro húngaro Víctor Vasarelly. La incansable búsqueda lo acerca al maestro Pompeyo Audivert con quien trabajó en la Universidad de Tucumán donde realizó una brillante tarea como grabador. Grabador, xilógrafo, ilustrador, pintor y dibujante, comprometido con su tiempo, se adentró en la historia y se apropió de ésta con la valentía de un trasgresor, condición irrenunciable de un verdadero artista.  Sin permisos, interpreta temas religiosos, históricos y ocultos. A partir de su primera exposición individual en la Galería Vertí en 1960, demostró ser un claro exponente de su generación. Durante más de 40 años realizó infatigablemente una profunda labor de investigación artística con audacia y profesionalismo. Roberto  Duarte nos abre un camino en la espesura de la historia hundiendo su pincel en los lugares más oscuros y profundos de nuestro pasado. Sin temores, nos ayuda a reconstruir desde el arte los fragmentos desgarrados por la arbitrariedad y la injusticia del poder de turno. Los personajes de la pintura negra de Goya o los fusilados del maestro español podrían ocupar un asiento en los vuelos de la muerte que pintó Duarte. Porque no hay tiempo de almanaque que supere al verdadero arte cuando se dice estéticamente bien sobre el relato del horror. La construcción firme y contundente de sus cuadros le permite sostener un color audaz, sin titubeos. Es el arquitecto de una estructura sólida que sostiene un color vibrante, desde una paleta alta de valor hace dialogar fríos y cálidos fragmentando la superficie y llevándonos a recorrer ese universo como él quiere que lo recorramos: la mancha, el plano, la estructura. Allí nada se improvisa, nos invita a transitar un camino difícil y comprometido, pero seguro de que no nos podemos perder y que en cada recorrido siempre nos asombrará el encuentro de algo nuevo. Nada es silenciado para el lenguaje de su obra que no se subordina a la anécdota porque el relato que él elige, fuerte y desesperado, motiva su paleta que estalla de color. El decir de una estética expresiva se complementa con una consonancia ética que equilibra y ahí se produce la maravillosa alquimia, la magia del arte de Roberto Duarte.

Patricia Calabró
En este momento Buenos Aires tiene el privilegio de contar con dos muestras en simultáneo del maestro Roberto Duarte. Una de ellas es en “Homenaje al Tango” y la otra, “Mujeres, Homenaje a Roberto Duarte”, en ésta última se presentan 4 obras del maestro junto a obras de otros artistas. En el año 1955 comienza sus estudios en la Academia Nacional de Bellas Artes. Luego hace el viaje obligado a Europa junto al grupo Le Parq para estudiar visión cinética. Allí lo atrapa la obra de Goya y de Velásquez, y es también donde recibe una gran influencia del cubismo. Lo refleja en obras como “El Combate de San Lorenzo” (Galería Raíces Americanas), o el crucificado “Cabezas” con el cuerpo facetado pero no por eso menos sufriente. Duarte no sólo está comprometido con el arte sino con la sociedad y sus miserias. En los ’60 la embajada de Francia lo beca para estudiar en París con el maestro Vasarely, padre el Op Art, pionero del arte cinético. Este viaje también le da la oportunidad de recorrer varios países, ver las obras de los grandes maestro y es cuando queda impactado por el gran maestro holandés Vermeer, de quién absorberá la atmósfera que le da a sus espacios interiores; esa pintura intimista que lo alejará de los juegos visuales de la vanguardia óptica y cinética. Su obra es de un colorido intenso rozando el fauvismo; en los desnudos la luz la da la transparencia del color con la tela, y las sombras se perfilan por la saturación del pigmento; es un estudioso de la luz que se apasiona frente al color. De un insinuado cubismo en la obra que dedica a Piazzola, pasa a un realismo mágico en su serie de desnudo; ambientes con balcones hacia un exterior irreal y misterioso que sobrecarga la atmósfera interior. Su paleta se detiene cuando llega a la serie de “Y los tiraban de los Aviones”, donde las caras negras y siniestras de los victimarios contrastan con la blancura de sus víctimas, como quien contiene el aliento, su paleta se transforma en casi monocroma con toques de rojo… el color que representa la sangre de un país devastado por el horror del cual se hizo eco. Visité su estudio justo el día en que cumpliría años, el 11 de marzo su hijo Pablo me recibió en un ambiente cálido donde se reflejaba el orgullo por la extensa obra de su padre; una casa antigua con techos de mas de cinco metros con las paredes cubiertas en su totalidad por las obras del artista. Su extensa producción está perfectamente catalogada y organizada por Pablo y lo más conmovedor fue encontrarme con su última obra inconclusa en el caballete al lado de su mesa de trabajo, con todos sus elementos, como si el tiempo se hubiese detenido en ese mágico instante de la creación, como si el realismo mágico de su obra hubiese tomado por sorpresa a la casa. Una vez superada la escalera el tiempo se detiene y empiezan a jugar las sensaciones. Increíble… me encuentro con un cajón repleto de marquillas de cigarrillos que fueron usadas como soporte para ser pintadas, o un gato dibujado en una bandeja de masitas. Esos gatos entre mirones y misteriosos que aparecen en tantas de sus obras, sobre todo al lado de mujeres desnudas doblando la apuesta al misterio ya concebido por el felino. De la incursión al movimiento cinético es poco lo que se ve, indudablemente lo figurativo ganó la partida y si pare él “el arte consiste en trabajar, en ver cosas, en emocionarse todos los días”, para mí fue muy emotivo estar entre sus cosas, caminar entre sus obras, como un fantasma que viene a husmear en el momento en que el artista está trabajando.

Emilio Sampietro – Prólogo colectiva “mujeres”
Todo intento de aproximación para explicarnos el misterio del universo femenino implica que avancemos por senderos de tránsito difícil, con múltiples resistencias, pero pletóricos de sentidos diversos. En este excitante itinerario iremos descubriendo la ilimitada riqueza de un mundo que nos ofrece regiones de reflejos incandescentes, pero también  tramos oscuros e intrincados, imprevistos desvíos,  barreras impenetrables y laberintos de hipnóticos contenidos que desembocan en corredores de aterciopelada seducción. Estos atributos confluyen para modelar un atractivo irresistible que siempre será materia de inspiración para las múltiples  expresiones del arte. A través de una materia rica en empastes y un intenso y tórrido cromatismo, Duarte enciende el horno de las pasiones torrenciales,  desbordantes, incontrolables y el color es su arma más rotunda y adquiere temperaturas de tal magnitud que alcanzan límites exasperados. Color y forma que se derraman en una partitura estremecida, en plena ebullición. En Duarte, la paleta fresca y luminosa de fuertes acentos y bellos acordes apela a un mundo idílico que pareciera contradecir – o quizás constituye una lógica compensación -,  a los vaivenes y persistentes acometidas de un yo turbulento que aflora en sus declaraciones y actitudes sociales, estallando en su descarnada obra testimonial. La mujer es una forma abstracta, ingrávida como si el artista quisiera aprisionar un deseo, un sueño que tiende a desvanecerse. La sensualidad y el erotismo son temas recurrentes en sus dibujos de donde el virtuosismo del trazo fecunda la perturbadora ambigüedad de sus escenas expresada a través de su línea ágil. La particular maestría de este artista que ha explorado un territorio incierto y riesgoso, se revela en sus pinturas, que nos entregan una indagación certera y profunda acerca de las variadas facetas de la condición femenina.

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